domingo, 22 de marzo de 2009

Primer página de mi libro (borrador) pero libro al fin



¿Quién nos trae las historias que se cuentan? ¿Quién es el primero en decirlas para que otros las rehagan a diario y luego las vuelvan a contar? Después de que yo cuente esta, ¿quién la contará otra vez, con la primera frase “dicen que...”?

Me pregunto cómo es que nacen y se entrecruzan las vidas de unos y otros para crear una sola dentro del relato. ¿Cuándo comenzó este, para que hoy pueda, como hacen los marineros, atar los cabos y seguir la melodía?

No sé si todo es como lo voy a contar o si con el tiempo mi memoria se fue llenando de sombras, los hechos se desdibujaron, y ahora impregna a los personajes con sus amores y odios. Estrujo los recuerdos para que vengan, me apoyen, y así volver a exorcizar situaciones y dar vida otra vez a los que ya no están. Pero están, porque acuden a mí con sus voces. Todavía distingo nítidamente cada una. Aparecen de golpe para decirme sus cosas, algunas nuevas que no pudieron contarme a tiempo y otras, ya dichas, pero que viene bien me las recuerden. No soy yo quien cuenta, son ellos, todos los que vivieron esta historia. Yo la escribo, sí, pero ellos se meten, hacen, deshacen y tejen los lazos con los que están unidos para siempre.

Hoy a la mañana, levanté la vista de mi almohada y los ojos de Delfina niña, desde su retrato, se clavaron en mí. Esa foto que paso diariamente por alto y sólo observo cuando limpio el polvo acumulado en mi cómoda me despertó un sinnúmero de recuerdos. Desde allí, ella me miraba con sus ojos enormes. Poco a poco, el rostro se fue desfigurando y sólo quedaron sus ojos. Me senté con la foto en mis manos y observé largamente a esa niña. ¿En qué pensaría cuando se la tomaron? Desde el cuadrado de madera, su carita triste y acongojada me observaba. ¿Qué quería contarme?

Quisiera recuperar a esa Delfina, abrazarla y susurrarle al oído “resistí un poco más”; y así poder calmarla, estirar mi mano y como una enfermera de campaña tener el poder de curar sus dolores, de abrir las puertas y ventanas de la casa donde habitaba y hacer que corra el aire para que traiga el perfume a violetas y escapen sus fantasmas.

—Saname —dicen los niños cuando se lastiman.

¿Y a quién recurren cuando los lastiman? ¿Era eso lo que me pedía Delfina desde su retrato esta mañana? No alcanza con mi frase diciéndole que resista, necesita algo más, necesita salir del fondo entristecido que la acompañó durante su vida en aquella casa. La vuelvo a mirar y busco una sonrisa, pero recuerdo que en ese entonces ella no sonreía, sólo miraba, como me mira ahora desde su retrato.

¿Podré contar tu historia, Delfina, y que se te aquiete el alma para que puedas volver a sonreír?

3 comentarios:

Alejandro Rozitchner dijo...

¡¡BUENÍSIMO, CONMOVEDOR, SENSIBLE, HERMOSO!! QUIERO ESE LIBRO, BESOTE

Alejandro Rozitchner dijo...

Sarita te comenté desde la página de Ale, el coment anterior es mío, con todo amor, besote

Ximena Ianantuoni dijo...

voy de nuevo,
QUIERO ESE LIBRO,
ME CONMUEVE LEERTE, SOS SENSIBLE, FUERTE, JUGADA, ESCRIBÍS MUY LINDO,
BESOTE


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