

Hace poco cumplí 51, "puff!!!", pensé el día de mi cumple, "bueno ya lo pasé, pasé la barrera de los 50 y todavía soy feliz, todavía tengo proyectos por los que vivir, claro también llevo más tristezas, más desengaños, más desamores, muchos dolores, más, más... a cuestas, pero esos más no me han quitado las ganas de reír; los cincuenta y…. no son tan malos como los imaginé allá por mis 20".
Después, pasé al espejo e hice la correspondiente evaluación de mis arrugas, con la obligada pregunta ¿tendré que hacerme una cirugía?, y...si la verdad es que estoy arrugada, fue mi respuesta apresurada.
Divagaba sobre costos y ofertas de liftings, estiramientos, colágenos etc. cuando lo reconocí, allí estaba; ese viejo surco, que había aparecido la mañana siguiente a la primera noche que Javier no durmió en casa y se olvidó de avisarme; más abajo la otra, la que se me hizo de tanto llorar por ese señor...cuyo nombre no recuerdo ahora, y las otras, las que se fueron formando mientras corría tras Joaquín para que se bañe, estudie o simplemente tratando que se quede quieto un minuto, o esa que está justo arriba del ojo izquierdo, el culpable de esa arruga es Juan, yo levantaba esa ceja cuando el jugaba al Básquet en San Lorenzo y le tocaba, justo a mi hijo, definir algún tanto, mi ceja se elevaba formando una liñita chiquita y ahí quedó, profundamente marcada.
¿Y como voy a seguir mi vida sin mi mapa?, pensé, ¿donde van a quedar las huellas del camino recorrido?, y ¿las arrugas de las risas que tuve, la de todas mis alegrías, las que acompañan a las otras para darles soporte, van a desaparecer en manos de un bisturí, o borradas por algún líquido mágico que las saque en un minuto?.